En ocasiones anteriores hemos abordado el deporte como una herramienta de prevención. Sin embargo, cuando pensamos en este, nos imaginamos a un joven varón en una cancha de baloncesto o en un play de baseball. En esa imagen, con frecuencia queda fuera una parte importante de la población: nuestras niñas y adolescentes. Incluirlas no es un gesto de cortesía, sino una estrategia de seguridad ciudadana con resultados que van mucho más allá del juego.
El artículo 65 de nuestra Constitución reconoce a toda persona el derecho a la educación física, al deporte y a la recreación. A esto se suma el principio de igualdad del artículo 39, que obliga al Estado a promover la igualdad de género. Adicionalmente, la Ley 136-03 sobre el Sistema de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes reconoce su derecho al descanso, la recreación y el deporte.
Desde el estudio de la criminología, el deporte femenino -en todas sus disciplinas- puede entenderse como un elemento que reduce la probabilidad de que una niña sea víctima de violencia o quede atrapada en ciclos de exclusión.
El ciclo de la violencia contra la mujer se aprende y se tolera desde temprano y el deporte enseña a las niñas a conocerse y valorarse, a ocupar el espacio público con seguridad y a relacionarse desde el respeto. Un equipo funciona como red de apoyo: compañeras y entrenadoras que pueden detectar señales de abuso y servir de primer canal de denuncia. Y cuando los varones comparten cancha con ellas en igualdad, también aprenden a verlas como pares y no como objetos.
Por otro lado, los programas deportivos bien diseñados suelen exigir asistencia y rendimiento académico para participar. Esa condición convierte el entrenamiento en un incentivo para permanecer en la escuela. Además, la disciplina, la consistencia y el manejo de distintas habilidades que exige el deporte se trasladan al aula. Una niña que sigue estudiando tiene menos riesgo de ser explotada, de caer en relaciones de dependencia y de crecer profesionalmente.
La República Dominicana mantiene una de las tasas de embarazo adolescente más altas de América Latina. Detrás de muchas de esas cifras hay uniones tempranas con hombres mayores, falta de información y ausencia de un proyecto de vida. El deporte ocupa el tiempo libre en un entorno supervisado, fortalece la autoestima y, sobre todo, le da a la adolescente metas propias: un torneo, una beca, una selección.
Para que el deporte femenino funcione como política de prevención, se requieren acciones concretas y coordinadas entre el Ministerio de Deportes, el Ministerio de Educación, el Ministerio de la Mujer y el sector privado. El fomento de ligas escolares, formación de entrenadoras, protocolos de protección, incentivos al sector privado, son algunas de los planes que podemos poner en ejecución.
Al igual que en el deporte masculino, el objetivo no es solo formar campeones, sino garantizar que cada niña, pueda aprovechar de los grandes aportes que nos trae el deporte. Tenemos grandes casos de éxito como las Reinas del Caribe que nos han demostrado que no hay mejor apuesta que invertir en el deporte femenino.
Por Juliana Ramia Capellán
La entrada El deporte femenino y prevención de la violencia se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).




