A los señores de la “lucha contra la corrupción” se les cayó la careta. Radhamés Camacho, titular coyuntural (aunque se crea un eterno supermán) de la Procuraduría Especializada de Persecución de la Corrupción Administrativa (PEPCA), se autopublicó en pijamas cortas y sandalias con el logo de Senasa 2.0. Mofándose con desparpajo de los “chivitos jarto’e jobo” que han puesto en escena para continuar alimentando el circo al que nos tienen acostumbrado.
La diferencia en esta ocasión es que ya conocemos el libreto: mucha espuma y poco chocolate. Todo el que tiene dos dedos de frente ha observado el gran trecho entre la estética de quien vive pregonando una superioridad moral en pijamas y la ética weberiana de la responsabilidad del cargo de quien ocupa una función tan seria. Una cosa es un fiscal anticorrupción que actúa conforme al Estado de derecho y el debido proceso y otra muy distinta es un bufón interpretando el papel de fiscal en la corte del Ministerio Público, como observó el país.
¿Por qué no hizo lo propio con el doctor Santiago Hazim y los empresarios acusados de estafar por miles y miles de millones el seguro de los pobres? ¿Por qué no se mofó igual de Eduardo Read y su corte (que aún no ha sido investigada) ? Quien por cierto en este preciso momento está durmiendo tranquilito en su casa… ¿Por qué no es igual de bufón e implacable con otros nombres que están en el expediente que presentaron del primer caso de Senasa? ¡Ay ñeñe! ¿Y los empresarios farmacéuticos? Preguntas sin respuestas….
Esa burla mediocre refleja además patologías más profundas.
Cuando las personas duran mucho tiempo desempeñando posiciones de poder suelen padecer el síndrome de Hubris. Una arrogancia propia que los lleva a sentirse por encima de los demás y un trastorno de la personalidad cuyo ego se mezcla jugosamente con ínfulas mesiánicas. Por eso, desde su altura, incurre en ese tipo de atropello y desprecio a las normas más elementales del debido proceso.
De la misma forma. Ese gesto tan desagradable pone en evidencia otro peligro: el superpoder sin contrapeso de los fiscales. Ese poder absoluto que antaño Lord Acton sostuvo que corrompe absolutamente, derivando en un ejercicio autoritario del poder.
¿Quién fiscaliza a los fiscales? ¿Quién repara el daño que causan luego que de un ciudadano se le privan muchos días y noches de su libertad y termina absuelto por “carencia de pruebas”? ¿Quién restituye la moral del justiciable, como dice Jorge Prats, que padece una campaña mediática bestial acusándolo de mil diabluras antes de que sea presentado frente a un juez?
Los monstruos, decía Boaventura de Sousa Santos, están aposentados en el corazón de las instituciones. ¿Hasta cuándo los tendremos interpretando ese ridículo papel y no el que verdaderamente merece la sociedad dominicana que reclama con justicia una lucha contra la corrupción? hasta que cambie el ciclo y sus amigotes que lo pusieron ahí para cumplir ese papel político ya no puedan continuar respaldándolo.
La entrada Un bufón interpretando el papel de fiscal se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).