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Precisiones de dignidad

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Cuando el resultado lo interroga a todo y a todos

La publicación de los resultados de PISA 2025 vuelve a colocar la educación dominicana frente a un espejo que no deberíamos romper por el simple hecho de que no nos guste lo que refleja.

Pero quizá el mayor error sería mirar esos resultados exclusivamente desde la perspectiva del estudiante.

PISA no es un examen para determinar quién aprobó y quién reprobó. Es un programa internacional de evaluación que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) puso en marcha en el año 2000, con el propósito de conocer hasta qué punto los jóvenes de 15 años han adquirido conocimientos y habilidades que les permitan participar plenamente en la vida social y económica. No se limita a preguntar qué aprendieron, sino qué pueden hacer con aquello que aprendieron.

Esa diferencia es fundamental.

Porque cuando una sociedad recibe un resultado educativo, la pregunta no debería ser solamente cuánto sabe el estudiante. También habría que preguntarse qué sistema educativo produjo ese resultado.

El resultado que nos obliga a pensar

En PISA 2025 ((Programme for International Student Assessment 2025) participaron alrededor de 760,000 estudiantes de 91 países y economías. En la República Dominicana participaron 7,080 estudiantes de 257 centros educativos, una muestra que representa aproximadamente 127,900 jóvenes de 15 años. La OCDE señala que los datos dominicanos cumplieron los estándares de calidad establecidos para la evaluación.

Los resultados son conocidos y no deben maquillarse.

En matemáticas, apenas el 9 % de los estudiantes dominicanos alcanzó el nivel mínimo de competencia —nivel 2 o superior—, frente al 65 % del promedio de los países de la OCDE.

En lectura, alcanzó ese nivel el 23 %, frente al 69 % de la OCDE.

En ciencias, lo hizo el 26 %, frente al 74 % del promedio de la OCDE.

Son cifras que preocupan.

Pero una cifra, por sí sola, no explica una realidad.

La cifra nos dice qué ocurrió. La educación, como ciencia y como política pública, tiene que preguntarse por qué ocurrió.

¿Quién responde por el resultado?

Aquí comienza mi preocupación.

Con demasiada frecuencia, cuando aparecen resultados insatisfactorios en educación, buscamos inmediatamente un responsable: el estudiante que no aprendió, el maestro que no enseñó, la escuela que no funcionó o la familia que no acompañó.

Todos pueden tener alguna responsabilidad.

Pero ninguno, por separado, constituye el sistema educativo.

La educación es un macro sistema compuesto por múltiples subsistemas, y cada uno de ellos debe responder a una misma política de Estado.

El currículo es un subsistema.

La formación y actualización docente es otro.

La gestión educativa es otro.

La infraestructura, la tecnología, la evaluación, la supervisión, la familia, la alimentación escolar, la atención a las desigualdades sociales, la educación inicial, la educación primaria y secundaria, la orientación, la investigación educativa y hasta la propia cultura social alrededor de la educación forman parte de una estructura mucho mayor.

Cuando esos componentes actúan sin suficiente articulación, el problema no puede atribuirse exclusivamente al último eslabón: el estudiante.

Un resultado educativo nunca es solamente el resultado de un aula; es también el resultado de la coherencia —o de la incoherencia— del sistema que sostiene esa aula.

PISA no solamente mide estudiantes

Esta es otra cuestión que merece atención.

PISA recoge información sobre los estudiantes, pero también sobre sus experiencias escolares y el contexto en que aprenden. Los directores de los centros responden cuestionarios relacionados con la gestión, la organización y el ambiente de aprendizaje (OECD).

Por tanto, interpretar PISA únicamente como un concurso internacional de estudiantes sería reducir su verdadero alcance.

La prueba está diseñada para producir información que permita mirar los sistemas educativos.

Y eso nos conduce a una pregunta incómoda:

¿Estamos utilizando PISA para transformar nuestro sistema educativo o solamente para lamentarnos cada vez que se publican los resultados?

Porque lamentarse no es una política educativa.

No todo es retroceso

También sería injusto utilizar PISA 2025 como una fotografía aislada para declarar que todo está peor.

La propia OCDE señala que, en la República Dominicana, los resultados de 2025 fueron aproximadamente similares a los de 2022 en matemáticas, lectura y ciencias. En matemáticas y ciencias permanecieron por encima de los observados en 2015 y 2018; en lectura, después de una caída entre 2015 y 2018, los resultados se mantuvieron estables (OECD).

Incluso hay un dato que merece ser reconocido: entre 2015 y 2025, el desempeño dominicano en ciencias mejoró, mientras que la OCDE registra un deterioro general en el promedio de los países miembros durante ese período.

Esto no elimina el problema.

Lo hace más interesante.

Porque la discusión seria no puede ser simplemente “estamos mal”.

Tiene que ser:

¿En qué estamos avanzando, dónde estamos retrocediendo y qué debemos modificar para que el avance sea sistémico y sostenible?

El mundo también está siendo examinado

Hay otro elemento que no podemos ignorar.

Los resultados de PISA 2025 muestran también dificultades importantes en los propios países de la OCDE. Entre 2015 y 2025, sus promedios disminuyeron 28 puntos en lectura y 22 puntos en matemáticas. La OCDE señala que uno de cada cinco estudiantes de sus países miembros presenta actualmente un bajo desempeño en las tres áreas fundamentales.

Esto significa que estamos frente a algo más profundo que el resultado particular de una nación.

Estamos ante una transformación del fenómeno educativo.

La escuela está intentando responder a una sociedad que cambió más rápidamente que muchas de sus estructuras.

Y ahora aparece un nuevo componente: la inteligencia artificial.

Del libro a la inteligencia artificial

PISA 2025 incorporó por primera vez una evaluación denominada Learning in the Digital World, destinada a examinar la capacidad de los estudiantes para aprender y resolver problemas utilizando herramientas digitales. También incorporó una evaluación de lengua extranjera para los países participantes que optaron por ella .

Esto no es un detalle.

Es una señal.

La educación ya no puede discutir el futuro utilizando exclusivamente las categorías del pasado.

El estudiante actual tiene acceso a una cantidad de información que ninguna generación anterior tuvo a su alcance. Puede consultar una biblioteca mundial desde un teléfono y conversar con sistemas de inteligencia artificial capaces de producir explicaciones, textos, imágenes, códigos y respuestas en segundos.

Pero precisamente por eso la educación tiene una responsabilidad mayor.

No debe enseñar al estudiante únicamente a encontrar respuestas; debe enseñarle a saber si la respuesta merece ser creída.

La inteligencia artificial puede ampliar el conocimiento.

No puede sustituir el pensamiento crítico.

Puede ayudar a resolver problemas.

No debe sustituir la capacidad de formularlos.

Puede producir información.

La universidad y la escuela tienen que enseñar a interpretarla.

El verdadero examen

Por eso considero que PISA 2025 debería ser entendido como mucho más que una tabla de resultados.

Es una oportunidad para revisar nuestro macro sistema educativo.

Si queremos mejores resultados, no basta con pedirle más al estudiante.

Tenemos que preguntarnos qué le estamos ofreciendo.

No basta con exigirle más al maestro.

Tenemos que preguntarnos qué formación, acompañamiento, recursos y condiciones le estamos proporcionando.

No basta con reformar el currículo.

Tenemos que garantizar que currículo, formación docente, evaluación, gestión, tecnología, familia y política educativa caminen en una misma dirección.

Y no basta con cambiar programas cada cierto tiempo.

La educación necesita continuidad, evaluación, investigación y una política de Estado que trascienda los períodos gubernamentales.

PISA no es el enemigo

PISA tampoco debe convertirse en una especie de tribunal internacional al que acudimos cada cuatro años para saber si somos buenos o malos educadores.

Una evaluación no debe humillarnos.

Debe ayudarnos a comprendernos.

El problema no es aparecer mal en una prueba.

El verdadero problema sería ver el resultado, conocer sus causas y no modificar aquello que deba modificarse.

Por eso, más que preguntarnos qué lugar ocupamos en PISA, deberíamos preguntarnos qué lugar queremos que ocupe la educación en nuestro proyecto de nación.

Porque la educación no es una suma de escuelas.

No es una suma de maestros.

No es una suma de estudiantes.

Es un sistema.

Y cuando un sistema produce resultados, todos sus componentes tienen que mirarse en el espejo.

PISA 2025 no debería servirnos para buscar culpables.

Debería servirnos para buscar coherencia.

Porque, al final, educar no es preparar estudiantes para una prueba internacional; es preparar seres humanos capaces de comprender el mundo, transformarlo y vivir dignamente en él.

Y esa tarea no pertenece a un subsistema.

Nos pertenece a todos.

 

Por Dr. Pablo Valdez

La entrada Precisiones de dignidad se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).