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Palabras destructoras: Cuando la lengua destruye lo que tomó años construir

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Hay heridas que sangran y pueden ser atendidas inmediatamente. Otras nadie las ve, no aparecen en una radiografía y, sin embargo, permanecen abiertas durante años. Muchas fueron producidas por algo aparentemente pequeño: una palabra. Una palabra puede levantar a una persona derrotada, pero también destruir su autoestima; puede fortalecer un matrimonio o acelerar su ruptura; puede acercar a un hijo a sus padres o levantar entre ellos una pared que dure toda la vida. Por eso la Biblia concede tanta importancia a nuestra manera de hablar: “La muerte y la vida están en poder de la lengua” (Proverbios 18:21).

Uno de los grandes errores en las relaciones humanas consiste en creer que podemos decir cualquier cosa durante un momento de ira y después resolverlo simplemente diciendo: «Perdóname». El perdón es necesario y puede restaurar mucho, pero no convierte las palabras pronunciadas en palabras inexistentes. Podemos arrepentirnos, explicar que estábamos enojados, reconocer que exageramos y pedir perdón sinceramente, pero existe algo que ya no podemos hacer: impedir que la otra persona haya escuchado lo que dijimos.

Santiago utiliza una imagen extraordinariamente poderosa: “Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!” (Santiago 3:5). El problema del fuego no es solamente la chispa que lo inicia, sino todo aquello que puede consumir después. De la misma manera, una expresión pronunciada en diez segundos puede afectar una relación construida durante años, y llevarla al abismo.

“Nunca debí casarme contigo”, “no sirves para nada”, “eres un fracaso”, “ya no te amo”, “me avergüenzo de ti”, “ojalá nunca te hubiera conocido”, “andas con mujeres de baja reputación”. Son expresiones que pueden pronunciarse durante una discusión y después justificarse como producto de la ira. Sin embargo, quien las recibió puede quedarse durante mucho tiempo con una pregunta dolorosa: ¿lo dijo porque estaba enojada o el enojo simplemente hizo que dijera lo que realmente pensaba? En ese momento comienza una de las consecuencias más graves de las palabras destructoras: la pérdida de la seguridad emocional, la perdida irreparable del concepto que el otro tiene de mí.

En el matrimonio este problema adquiere una dimensión especial. Una ofensa de un desconocido puede olvidarse rápidamente, pero la misma expresión pronunciada por la persona que amamos posee un peso completamente diferente. El matrimonio debería ser uno de los espacios de mayor seguridad emocional del ser humano. Cuando precisamente allí aparecen el desprecio, la humillación y el insulto, la desconsideración, la falta de respeto, la relación comienza a deteriorarse desde adentro a alta velocidad.

El problema se agrava cuando la agresión verbal se convierte en una práctica habitual. Primero viene la ofensa, después la herida, luego la disculpa y posteriormente una reconciliación temporal. Llega una nueva discusión y se repite el mismo comportamiento. Así se establece un ciclo de ofensa, arrepentimiento, reconciliación y nueva ofensa. Eso no constituye una comunicación saludable. Pablo establece una norma muy diferente: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación” (Efesios 4:29).

No debemos confundir desacuerdo con desprecio. Dos personas que se aman pueden tener diferencias profundas sobre dinero, familia, hijos, trabajo, responsabilidades o decisiones importantes. Discutir un problema no significa destruir a quien piensa diferente. No es lo mismo decir “No estoy de acuerdo con lo que hiciste” que decir “Tú eres un inútil”. La primera expresión cuestiona una conducta; la segunda ataca la dignidad de una persona. Tampoco es igual decir “Lo que dijiste me lastimó” que afirmar “Siempre has sido una mala persona”. Cuando dejamos de discutir el problema y comenzamos a destruir a la persona, la conversación ha perdido su propósito.

El insulto nunca sustituye un argumento. Cuando una discusión se convierte en una competencia para determinar quién puede herir más profundamente al otro, quizá alguien consiga pronunciar la última palabra, pero la relación termina perdiendo. Si para ganar una discusión tengo que destruir emocionalmente a la persona que amo, realmente ninguno de los dos ha ganado.

Existe además una forma especialmente dolorosa de agresión verbal: la humillación pública. Ridiculizar al cónyuge delante de familiares, desacreditarlo frente a los hijos, revelar asuntos íntimos ante amigos o utilizar sus debilidades como material para bromas puede dejar heridas profundas. Proverbios declara: “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; más la lengua de los sabios es medicina” (Proverbios 12:18). La Biblia coloca ante nosotros dos posibilidades: palabras que funcionan como espada y palabras que funcionan como medicina.

Los hijos tampoco olvidan fácilmente las palabras destructoras. Una persona adulta puede haber olvidado muchos acontecimientos de su infancia y recordar todavía una frase repetida por su padre o su madre: “Tú nunca llegarás a nada”, “tu hermano es más inteligente que tú”, “todo lo haces mal”, “eres un problema”. El niño recibe esas expresiones precisamente de las personas cuya opinión resulta fundamental en la construcción de su identidad. Corregir no significa destruir, disciplinar no significa humillar y enseñar responsabilidad no significa convencer a un hijo de que carece de valor.

También debemos comprender que no toda violencia verbal ocurre mediante gritos. Existe el sarcasmo constante, la burla, el desprecio, la comparación humillante, la amenaza, el chantaje emocional, la exposición de secretos y la utilización permanente de errores pasados como armas. Una de las formas más crueles de agresión consiste en conocer exactamente dónde está la herida emocional de otra persona y golpear deliberadamente allí durante cada discusión.

Cuando alguien nos ama, probablemente nos ha permitido conocer sus temores, inseguridades, fracasos y debilidades. Esa información debería convertirse en territorio protegido, no en arsenal para la próxima pelea. Utilizar contra una persona aquello que nos confesó en un momento de vulnerabilidad constituye una profunda traición a la confianza.

Por supuesto, debemos pedir perdón cuando hemos ofendido. Sin embargo, debemos entender la diferencia entre perdonar una ofensa y eliminar sus consecuencias. Podemos sacar un clavo de una madera, pero quedará la marca. Algunas palabras producen exactamente ese efecto. La relación puede continuar, puede existir perdón e incluso reconciliación, en ocasiones el daño ha sido tan grande que no va existir reconciliación alguna porque algo ha sido lastimado y necesitará tiempo para sanar. Por eso la verdadera sabiduría no consiste solamente en aprender a pedir perdón (hay quienes aun ofendiendo no se arrepienten y piden perdón) después de destruir, sino en aprender a dominar la lengua antes de hacerlo.

Hay momentos en los que callar resulta más sabio que pronunciar la última palabra. “El que ahorra sus palabras tiene sabiduría” (Proverbios 17:27). No toda provocación necesita una respuesta inmediata ni toda discusión debe resolverse cuando las emociones están fuera de control. Retirarse temporalmente de una conversación para evitar decir algo irreversible no necesariamente es cobardía; puede ser dominio propio. A veces la decisión más responsable consiste en decir: “No quiero hablar desde la ira. Continuaremos esta conversación cuando podamos hacerlo sin destruirnos”.

Jesús llevó el problema todavía más profundamente cuando declaró: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Esto significa que el verdadero problema de las palabras destructoras no comienza en la lengua, sino en el corazón. La boca termina revelando resentimientos acumulados, desprecio, orgullo, celos, amargura y heridas que nunca fueron tratadas, sobre todo frustraciones del pasado. Podemos controlar temporalmente nuestro vocabulario, pero si no tratamos lo que existe dentro de nosotros, tarde o temprano volverá a salir.

Antes de hablar durante una confrontación deberíamos hacernos algunas preguntas: ¿Es verdad lo que voy a decir? ¿Es necesario decirlo? ¿Necesito expresarlo de esta manera? ¿Estoy intentando resolver el problema o solamente quiero hacer daño? ¿Estaré orgulloso mañana de las palabras que estoy pronunciando hoy? Unos segundos de reflexión pueden evitarnos años de arrepentimiento.

Hay además relaciones en las que la agresión verbal deja de ser un episodio ocasional y se convierte en una forma permanente de convivencia. Nadie debería considerar normal vivir constantemente bajo insultos, humillaciones, amenazas y desprecio. El amor no concede licencia para destruir emocionalmente a otra persona. Perdonar tampoco significa aceptar indefinidamente comportamientos destructivos sin establecer límites. Hay situaciones en las que preservar la paz, la dignidad y la seguridad requiere tomar decisiones firmes antes de que el deterioro de la relación alcance consecuencias mayores.

La Biblia nos enseña que las palabras pueden convertirse en espada o en medicina. Cada día tenemos nuevamente ese poder. Podemos utilizar nuestra boca para bendecir o maldecir, acercar o alejar, sanar o herir, fortalecer la confianza o destruirla. Por eso una de las oraciones más sabias continúa siendo la del salmista: “Pon guarda a mi boca, oh Jehová; guarda la puerta de mis labios” (Salmo 141:3).

Las relaciones humanas son demasiado valiosas para entregarlas al poder destructivo de unos minutos de ira, sobre todo si esa ira es provocada por chismes y mentiras de terceros. Hay conversaciones difíciles que debemos tener, conductas que debemos confrontar y límites que debemos establecer, pero ninguna de esas circunstancias exige destruir la dignidad de otra persona. Algunas de las peores tragedias de nuestra vida no comenzaron con un golpe, una traición o una despedida. Comenzaron con una palabra que nunca debió ser pronunciada.

 

Por: Javier Dotel
El autor es Doctor en Teología

La entrada Palabras destructoras: Cuando la lengua destruye lo que tomó años construir se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).