La historia suele simplificar los acontecimientos. En ocasiones, una guerra termina resumida en una batalla; una vida, en una fecha; y una resistencia, en una simple huida.
Algo semejante ha ocurrido con la rebelión del Bahoruco encabezada por el cacique Enriquillo. Algunos historiadores han interpretado su retirada a las montañas como el acto de un hombre que escapaba de las injusticias sufridas bajo el sistema colonial. Sin embargo, esa interpretación solo explica el comienzo de la historia, no su desarrollo.
Es probable que, en sus primeros momentos, la decisión de refugiarse en la Sierra del Bahoruco respondiera a la necesidad de salvar la vida y proteger a su reducido grupo de seguidores. Permanecer en los poblados españoles significaba exponerse a la persecución, al encarcelamiento o a la muerte. La montaña ofrecía el único refugio posible.
Pero muy pronto la realidad cambió.
Enriquillo comprendió que las autoridades españolas no aceptarían la existencia de un grupo indígena libre fuera de su control. Tarde o temprano intentarían penetrar en la sierra para capturarlo, destruir su asentamiento y eliminar cualquier ejemplo de resistencia que pudiera inspirar a otros.
Fue entonces cuando aquella retirada dejó de ser una huida para transformarse en una estrategia militar de supervivencia.
Enriquillo no improvisó. Había nacido en los últimos años del siglo XV y creció cuando la presencia española ya formaba parte de la realidad de la isla. Desde niño fue educado por los frailes franciscanos en la Verapaz de Jaragua, donde aprendió el castellano, recibió formación cristiana y conoció las costumbres, la organización política y la manera de pensar de los españoles.
Aquella educación le permitió convertirse en un hombre que comprendía dos mundos. Conservó sus raíces indígenas, pero también adquirió un profundo conocimiento de la cultura europea. Esa doble formación sería una de sus mayores fortalezas como líder.
Enriquillo sabía cómo reaccionarían sus adversarios. Entendía la disciplina de las milicias coloniales, la importancia de las comunicaciones y las limitaciones que enfrentaban quienes intentaban internarse en una geografía tan difícil como la Sierra del Bahoruco.
Mientras los españoles dependían de caminos conocidos, abastecimientos y largas líneas de desplazamiento, los indígenas conocían cada sendero, cada arroyo y cada refugio natural de la montaña.
Aquella ventaja geográfica fue convertida en una verdadera estrategia defensiva.
La resistencia no consistía en presentar grandes batallas campales. Consistía en impedir que el enemigo lograra sus objetivos. La montaña se convirtió en una fortaleza natural donde los movimientos podían ser vigilados con anticipación y donde cualquier incursión española implicaba enormes dificultades.
Durante catorce años, las expediciones enviadas para acabar con Enriquillo no consiguieron destruir aquella organización.
Esa permanencia en el tiempo demuestra que no existía un grupo improvisado escondido en la sierra. Existía una comunidad organizada, con liderazgo, disciplina, vigilancia y capacidad para resistir las condiciones más difíciles.
La guerra del Bahoruco fue, esencialmente, una guerra defensiva.
Enriquillo nunca buscó conquistar ciudades ni extender su dominio sobre otros pueblos. Su propósito fue preservar la libertad de su gente y defender el derecho a vivir sin las injusticias que habían provocado el conflicto.
Precisamente esa capacidad para sostener la resistencia llevó finalmente a la Corona española a comprender que la solución militar había fracasado.
En 1533 se abrió el camino de la negociación impulsada por fray Bartolomé de las Casas y Francisco de Barrionuevo. El resultado fue un acuerdo de paz extraordinario para su tiempo: Enriquillo y los suyos fueron reconocidos como vasallos libres de la Corona y autorizados a establecer su pueblo en las cercanías de sus conucos, a unas siete leguas de la villa de Azua.
Dos años después, en septiembre de 1535, Enriquillo falleció y pidió ser enterrado cristianamente en la iglesia de Azua, según informaron los jueces de la Real Audiencia al emperador Carlos V.
Cinco siglos después, la historia y la arqueología vuelven a encontrarse precisamente en ese lugar.
La búsqueda de su sepultura no pretende alimentar leyendas. Busca confirmar, mediante la evidencia científica, los últimos capítulos de una vida que cambió para siempre la historia de la isla.
Quizá haya llegado el momento de dejar de definir la rebelión del Bahoruco como una simple huida.
Las huidas terminan cuando desaparece el peligro.
La resistencia de Enriquillo duró catorce años, obligó a la mayor potencia de su tiempo a negociar y dejó uno de los testimonios más extraordinarios de liderazgo y defensa de la libertad en la historia de América.
Por Lidia Martínez de Macarrulla
Presidenta de la Fundación Macarrulla
La entrada La rebelión del Bahoruco: Cuando una huida se convirtió en una guerra de resistencia se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).