Cómo no morir al contacto.
Hay ambientes que se convierten en verdaderos cubiles de alimañas: espacios dominados por la intriga, la mentira, la deslealtad y el interés particular. Son focos putrefactos que enferman las instituciones y antros moralmente infestados que intoxican a quienes permanecen demasiado tiempo en ellos. Allí, el mérito incomoda, la honestidad se castiga y el compromiso auténtico es atacado por quienes viven de la simulación, el oportunismo y la indiferencia.
La podredumbre moral no aparece de repente. Comienza cuando se toleran pequeñas faltas, se justifican conductas indebidas, se premia la mediocridad y se guarda silencio frente a lo incorrecto. Poco a poco, la mentira se normaliza, la irresponsabilidad se convierte en costumbre y la conveniencia sustituye a los principios. Entonces, la institución deja de servir al bien común y se transforma en refugio de intereses mezquinos.
Pero el mayor peligro no consiste solamente en enfrentar ese ambiente, sino en terminar contaminado por él. Quien combate la maldad debe cuidarse de no adoptar sus métodos; quien denuncia la mentira no puede responder con falsedades; y quien lucha contra la corrupción no debe permitir que el resentimiento destruya su propia integridad. No basta con sobrevivir físicamente: es necesario preservar la conciencia, la dignidad y la fe.
¿Cómo no morir al contacto? Manteniendo firmes los principios, estableciendo límites, documentando cada actuación y evitando participar en aquello que se condena. También es necesario rodearse de personas íntegras, separar la emoción de la función y comprender que no todas las batallas deben librarse desde la ira. La prudencia no es cobardía: es la inteligencia moral que permite combatir el mal sin convertirse en parte de él.
Las instituciones no se regeneran únicamente expulsando lo podrido, sino fortaleciendo lo saludable: la transparencia, la disciplina, la rendición de cuentas, el cumplimiento del deber y el reconocimiento de quienes trabajan con honestidad. Cuando el silencio protege al irresponsable y la indiferencia abandona al comprometido, la descomposición avanza. Pero cuando las personas de bien actúan con firmeza, unidad y perseverancia, la podredumbre comienza a retroceder.
Entrar en una cloaca moral sin protección puede enfermarnos; permanecer demasiado tiempo en ella puede hacernos perder la sensibilidad. Por eso, la verdadera victoria no consiste solo en denunciar el antro, sino en atravesarlo sin perder el alma, combatirlo sin adoptar su lenguaje y transformarlo sin renunciar a nuestros valores.
Porque quien lucha contra la oscuridad debe proteger su propia luz. La integridad es el antídoto que permite tocar la podredumbre sin morir al contacto.
El autor es mayor general (R) ERD. Presidente de la Hermandad de Veteranos y de la Alianza Mundial de Veteranos. Pasado Rector de la Universidad Nacional para la Defensa y Pasado Rector de la Universidad del Caribe.
Por Valerio García Reyes
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