Hay políticas públicas que caben en una estadística; otras, en cambio, no caben en ningún registro porque su verdadero valor no está en los números, sino en las lágrimas, el silencio y, por fin, en la tranquilidad de una madre que, en medio de la tragedia, descubre que no está sola.
Porque las decisiones de un Estado parecen pequeñas si se observan desde la temeridad y la frialdad de un escritorio, a través de la crítica política, perdiendo de vista lo humano.
Pero esas políticas públicas adquieren dimensión sublime al contemplar la habitación con la viuda o los niños con ojos llenos de lágrimas al perder su padre, y las manos temblorosas de quien no sabe de dónde sacará dinero para montar en avión a su muerto de regreso a la tierra que lo parió, que un día lo expulsó y que, en lo más profundo de su corazón, el difunto soñó que algún día le serviría de sábana.
Por eso, el nuevo pasaporte electrónico dominicano debe ser examinado más allá de la tecnología, de sus mecanismos de seguridad y de las formalidades que lo acompañan como documento de identidad.
Porque detrás de sus páginas, de sus elementos biométricos y de sus más de 130 medidas de seguridad, existe una realidad que ninguna retórica puede escanear: los millones de vidas dominicanas que construyen su existencia lejos de su tierra.
Porque, para comprender lo que significa este pasaporte biométrico, debemos entenderlo desde sus aspectos más sensibles: la cobertura del seguro de repatriación por US$9,000 dólares para los familiares del fallecido.
La seriedad de este beneficio nos obliga a apartarnos de los podios y las plataformas de discursos con crítica, per se, y dejar de buscar defecto para ayudar en medio de la tragedia.
Porque la verdadera evaluación no está en la plataforma política, sin entrar a la casa del doliente o ir a la morgue para mirar tendido el cuerpo frío de alguien que sostenía una familia. Y que no termina la preocupación con el muerto, sino que comienza, a pesar del dolor, otra batalla: la de cómo llevarlo a casa.
Imaginemos, esto es para los insensatos de la crítica, a una mujer que vive en el extranjero con sus tres hijos. Su esposo acaba de morir. Él era el principal proveedor financiero y soporte emocional; la voz de la casa, de la rutina, de los planes; un día se pierde. Y solo hay silencio que parece haberse sentado a vivir con ellos.
La luz de esa vida se apaga al unísono de una voz en llanto por el teléfono con una sola frase: «murió». «Pedro murió».
Pedro dejó de existir y comenzó a estar en la memoria de la viuda que no ha podido, todavía, llorar como quisiera.
No tiene tiempo para hacerlo. Debe pensar en sus hijos, en la renta, en las cuentas, en los documentos, en el funeral y en lo más doloroso: la manera de pagar el traslado de su esposo hasta República Dominicana.
Pero quien nunca ha vivido este drama puede pararse en cualquier esquina o por las redes sociales a desacreditar el beneficio de un seguro de repatriación.
Porque no ha tenido que salir, en medio de la tragedia, a tocar las puertas de iglesia, bodega, supermercado, farmacia, de organizaciones comunitarias o las oficinas de los electos.
Sería bueno, en ese momento, preguntarle a la viuda y sus huérfanos, a la madre del difunto: ¿si le importa la retórica de la protesta de ciertos grupos o de políticos?
¿O si quiere encontrar los recursos para llevar a su esposo y a los hijos a su país para darle el último adiós?
Porque morir lejos de la patria se convierte en una tragedia financiera.
Aquella persona que todavía no ha caminado con fotografía del fallecido por los barrios neoyorquinos, llevando carteles, explicando cómo murió; pidiendo colaboración de $100, $50, $20 o un dólar, junto a familiares, amigos y vecinos, no conoce la solidaridad dominicana.
Ni tampoco las heridas de los insultos: «Eso es pa’ drogas».
«Vaya a trabajar».
«Eso es un cuento».
«¿Quién sabe si de verdad murió?»
¡«Engañador»!
Como si el dolor tuviera que presentar pruebas ante la pobreza.
Como si la viuda tuviera que demostrar la autenticidad de sus lágrimas.
Como si la muerte pudiera convertirse en sospecha por no tener esta familia dinero para pagar el último viaje de su difunto.
La muerte ya le quitó al esposo; que la pobreza no tenga también el derecho de decidir dónde será enterrado, violando su dignidad.
Es en ese dolor que entonces aparecen los US$9,000 dólares, una cifra que deja de ser cifra.
Eso es lo que significa el seguro de repatriación.
Para los necios, puede ser una cantidad escrita en documento. Para la familia que acaba de perder el tronco familiar, no.
Es moralmente dignificante que una madre no tenga que salir a pedir mientras todavía intenta explicarle a sus hijos que papá no volverá. O el abuelo a la nietecita que papá voló al cielo.
Es por ello que el seguro de repatriación viene a cuidar el que una familia no tenga que convertir su tragedia en una campaña pública de misericordia.
Y para la viuda, el que exista esa cobertura de 9,000 dólares es como si Dios hubiera bajado un pequeño pedazo de cielo en medio de la tierra.
La cifra deja de ser cifra. Y se convierte en alivio.
Se convierte en dignidad.
Se convierte en la posibilidad de volver a casa aun después de muerto.
Eso ocurre cuando una política pública logra tocar la vida humana.
El nuevo pasaporte electrónico comenzó por Nueva York, luego Nueva Jersey, Boston y hasta donde haya o se encuentre un dominicano.
Y esta es la dimensión que no debemos perder: que el dominicano del exterior no sea alguien que vive fuera del territorio nacional, sino un ciudadano que sigue perteneciendo a una nación, aunque entre él y su lugar de nacimiento se interponga un océano o la frontera con miles de kilómetros.
Finalmente, que se entienda que son hombres y mujeres buscando oportunidad. Algunos dejaron padres, madres e hijos.
Muchos dejaron casa, una calle, un barrio, una iglesia, una escuela, una esquina donde todavía alguien pronuncia su nombre.
Sin embargo, la distancia no consiguió borrar la pertenencia.
El Estado dominicano, por medio de este gobierno de Luis Abinader, se obligó a sí mismo a reconocer la magnitud de esa comunidad, que se sitúa en más de tres millones residiendo fuera.
Son tres millones de historias, millones de personas trabajando, estudiando, formando familias, que envían remesas y mantienen una relación con la Patria.
Por tanto, enlazar las instituciones y los servicios del gobierno a los dominicanos del exterior no puede reducirse a abrir una ventanilla. En los últimos años se han ampliado los servicios a través de nuevas sedes y oficinas consulares, con la JCE, SENASA, INDEX, INTRANT, INFOTEP, UASD, ADUANAS, TSE, BANRESERVAS, Jubilaciones y Pensiones, entre otras entidades públicas.
Cada institución representa una puerta.
Y cada puerta que se abre puede significar tiempo, dinero y angustia que se ahorra.
La política también puede tener rostro. La burocracia puede tener lágrimas.
Una oficina consular puede ser, para alguien, mucho más que una oficina.
Un documento puede ser mucho más que un documento.
Y un beneficio económico puede convertirse, en determinadas circunstancias, en una forma concreta de dignidad.
Reconocer esa dimensión humana no significa renunciar a la crítica. En una democracia, el Estado debe ser observado, fiscalizado y cuestionado.
La crítica política es necesaria porque ningún gobierno está por encima del escrutinio ciudadano.
Pero la crítica también necesita humanidad.
No puede convertirse en una especie de enfermedad que nos obligue a negar todo aquello que pueda producir alivio, simplemente porque fue dispuesto por el gobierno de turno.
Una cosa es cuestionar al poder.
Otra es desconocer el beneficio que una política pública puede producir en la vida de una persona.
Porque el Estado no existe solamente para construir estadísticas.
Existe para servir con soluciones a las personas.
Y quizá sea precisamente ahí donde el pasaporte electrónico adquiere una dimensión que no aparece en sus páginas.
Un pasaporte sirve para viajar. Pero la cobertura de repatriación asociada a este nuevo documento mira también hacia el momento en que el ciudadano ya no puede viajar por sí mismo.
Y hay algo profundamente humano en eso.
El hombre que salió de la República Dominicana buscando oportunidades pasó veinte, treinta o cuarenta años construyendo su vida lejos de su país.
Trabajó.
Madrugó.
Pagó impuestos.
Envió dinero a su madre.
Levantó una familia.
Ayudó a sus hermanos.
Compró una casa.
Se convirtió en parte de otra sociedad sin dejar de ser dominicano.
Y un día, cuando ya no pueda regresar caminando, cuando sus manos ya no puedan cargar una maleta y sus pies ya no puedan pisar el aeropuerto, puede existir la posibilidad de que su último viaje sea precisamente hacia la tierra donde comenzó su historia.
La tierra que lo parió. La tierra que, por las circunstancias de la vida, también lo expulsó.
La tierra que dejó atrás cuando tuvo que buscar en otra parte.
Y quizás, en lo más profundo de su corazón, siempre estuvo aquel deseo que nadie escucha porque pertenece a ese territorio secreto donde el hombre conversa consigo mismo: que la tierra donde nació algún día le sirva de sábana.
Este artículo lo escribí con lágrimas, recordando las veces que para otros he tenido que pedir ayuda.
Pero hoy sé que, cuando me llegue el momento, no tendrán que pedir para mí.
Gracias…
Presidente Luis Abinader.
Por Javier Fuentes
Politólogo, escritor y analista internacional/ Reside en Nueva York
La entrada Cuando la patria ayuda a volver a casa se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).