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Cuando la imagen nunca es suficiente

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¿En qué momento mejorar nuestra imagen dejó de ser una elección y se convirtió en una necesidad para sentirnos aceptados?

Vivimos en una época en la que la apariencia tiene un protagonismo difícil de ignorar. Queremos vernos bien, sentirnos atractivos, proyectar seguridad y, en muchos casos, corregir aquello que nos incomoda. La cirugía estética, los tratamientos de belleza, los filtros digitales y ahora la inteligencia artificial nos ofrecen posibilidades que hace apenas unas décadas parecían inimaginables. Y no hay nada necesariamente negativo en querer mejorar nuestra apariencia.

El problema comienza cuando mejorar deja de tener un límite.

Cuando una cirugía ya no es suficiente y aparece la necesidad de otra. Cuando corregimos un rasgo que antes aceptábamos porque ahora lo consideramos imperfecto. Cuando miramos una fotografía retocada y empezamos a pensar que ese rostro debería ser el nuestro. Cuando la imagen que mostramos al mundo termina siendo tan diferente de nuestra realidad que incluso nosotros mismos dejamos de reconocernos.

Entonces surge una pregunta incómoda: ¿realmente estamos intentando sentirnos mejor o estamos intentando encajar en un patrón estético estandarizado?

Los estándares de belleza nunca han sido estáticos. Cambian con las épocas, las culturas y las modas. Sin embargo, las redes sociales han conseguido algo nuevo: llevar esos estándares directamente a nuestra intimidad, multiplicarlos y presentarlos como si fueran alcanzables por todos. Rostros sin manchas, cuerpos sin imperfecciones, proporciones imposibles, juventud permanente. El problema es que muchas de esas imágenes no son realidad, sino una construcción cuidadosamente editada.

Y ahora la inteligencia artificial ha llevado esa construcción un paso más lejos.

Podemos transformar un rostro, adelgazar una figura, rejuvenecer una fotografía, modificar nuestras facciones o crear una versión de nosotros mismos que jamás existió o va a existir. La tecnología puede ser extraordinaria, pero también puede profundizar una contradicción: cuanto más perfecta hacemos nuestra imagen, más distancia puede existir entre esa imagen y quien realmente somos.

La paradoja es evidente. Utilizamos herramientas para corregir aquello que creemos que nos hace lucir mejor estéticamente, pero terminamos creando una identidad visual que tampoco nos representa. A veces ni nos reconocemos. Buscamos aceptación y podemos terminar generando más inseguridad. Intentamos solucionar un problema de autoestima desde el exterior y, sin darnos cuenta, podemos hacerlo internamente más profundo.

No se trata de juzgar a quien decide operarse, maquillarse, utilizar filtros o experimentar con la tecnología. Cada persona tiene derecho a decidir sobre su cuerpo y su imagen. Se trata de reconocer que existe una diferencia entre elegir cómo queremos vernos y sentir que necesitamos cambiar para merecer ser vistos, queridos o aceptados.

Porque ninguna cirugía puede corregir la sensación de no ser suficiente. Ningún filtro puede resolver una inseguridad. Y ninguna inteligencia artificial puede construir una identidad que nos haga sentir en paz si hemos aprendido a rechazarnos frente al espejo.

Tal vez el verdadero desafío de nuestra época no sea alcanzar una imagen perfecta, sino aprender a convivir con una imagen más humana: cambiante, imperfecta y natural, sin sentir que debemos siempre transformarla para ser suficientes.

 

 

Licelotte Baiges

Facilitadora Internacional de PNL

La entrada Cuando la imagen nunca es suficiente se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).