Ser coherentes no significa reaccionar siempre de la misma manera. La vida cambia, nosotros aprendemos y una decisión válida ayer puede necesitar revisión hoy.
La coherencia no es fidelidad ciega a una versión antigua de nosotros mismos; es reducir, de manera consciente, la distancia entre lo que valoramos, lo que decimos, lo que hacemos y el efecto que producimos. Esa tarea admite dudas. Podemos sentir miedo y actuar con valentía, amar a alguien y reconocer que necesitamos un límite, cambiar de opinión y seguir siendo íntegros. La rigidez protege una imagen.
La coherencia flexible protege lo esencial mientras permite corregir la forma. También exige mirar las consecuencias: una buena intención no convierte automáticamente una acción en adecuada.
Si nuestro modo de defender un valor causa un daño que no quisimos ver, corresponde escuchar, reparar y aprender.
La coherencia se construye en decisiones pequeñas y repetidas: decir la verdad con cuidado, descansar antes de quebrarnos, cumplir una promesa o admitir que ya no podemos sostenerla.
No consiste en no contradecirnos nunca. Consiste en no vivir permanentemente separados de aquello que reconocemos como verdadero.
La entrada Coherencia no es rigidez se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).